Murió Luis Benedit, el pintor que unió lo nacional con el arte moderno


Fue uno de los tres arquitectos que remodelaron el Centro Cultural Recoleta.

 

 

El campo. Los huesos. Los minerales y las piedras. Los vegetales y los líquidos. Anotaba sus ideas en un cuadernito. A veces esas palabras se quedaban ahí durante años; otras, la imagen volvía obsesivamente. “Recién entonces, sí, las hago”, decía. Ayer, a raíz de una neumonía que complicó más aún sus problemas cardíacos, a los 73 años murió el artista plástico y arquitecto Luis Fernando Benedit, un hombre que, entre muchas otras cosas, buscaba en esos huesos y en esas piedras una identidad nacional, una memoria regional y cultural.

Una de sus últimas exposiciones se pudo ver hasta febrero en el Centro Cultural Recoleta. Se llamó Testa + Bedel + Benedit : eran los tres arquitectos que reconvirtieron un viejo asilo de ancianos en uno de los más activos centros culturales porteños: el mismo donde se hacía la muestra. Entre las piezas que Benedit exhibió estaba su “Silla de hueso” (2008), hecha con hierros y huesos pulidos de vaca de caballo, un animal que para él representaba “la vida y la muerte”. En una entrevista con Revista Ñ, cuando exponía Equinus Equestris (MALBA, 2009) dijo: “Venimos de una civilización ecuestre, donde el caballo y el hombre tenían una relación simbiótica: me interesa como animal político, como arma de la conquista, pero no es una mirada nostálgica”. Para esa muestra hizo también retratos de descendientes de caciques de la pampa.

Ese paisaje fue parte de su vida. Benedit nació en Buenos Aires en 1937, pero pasó una parte de su adolescencia en Entre Ríos, donde aprendió las tareas propias de ese universo. Con los años se recibió de arquitecto y en 1967 fue becado por el gobierno italiano para estudiar paisajística en Roma. Y en los primeros años 70 comenzó a experimentar: construía artefactos para hospedar organismos vivos y explorar las leyes de otro universo , el de la física. Entre la arquitectura y el arte –su primera exposición fue Nuevos rostros , en 1961 en la galería Lirolay– diseñaba lugares (laberintos, recipientes, circuitos) que simulaban la naturaleza: allí vivirían –o andarían– animales, líquidos, plantas. Un ejemplo: en 1970, en la Bienal de Venecia, presentó la obra “Biotrón”: 4 mil abejas, en un prado de flores artificiales pero que se conectaba con unos jardines exteriores. Las abejas podían alimentarse tanto en forma natural como artificial: de envases de acrílico, adentro, o de las flores, afuera .

En 1972, Benedit fue el primer artista latinoamericano invitado a exponer en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). Ese año y en esa ciudad montó el Fitotrón , que hoy se exhibe en el MALBA como parte de la colección de Eduardo Constantini. Un artilugio de aluminio y acrílico, invernadero o cámara científica. En el MALBA explicaban que el Fitotrón usa conocimientos de cibernética, botánica, etnología y química, informaciones de genética, horticultura, paisajismo y experiencias de ingeniería y arquitectura”.

Benedit integró núcleos fundacionales, como el CAYC, dirigido por el crítico de arte Jorge Glusberg, y el Grupo de los Trece, con el que ganó la XVI Bienal de San Pablo por Signos en ecosistemas naturales , expuso individual y colectivamente en galerías y museos de Francia, Italia, Estados Unidos, España y un largo etcétera. Sin embargo, en una entrevista contó que una de sus etapas más queridas era en la que pintaba junto a Tomás, uno de sus cinco hijos. El nene tenía 6 años. “Lo llevé a ver la película King Kong y salió alucinado. Lo empezó a dibujar y a mí se me ocurrió tomar el dibujo y sobre eso hacer un plano, que generalmente era una acuarela, y luego hacer el objeto”. Decía que de toda su obra había sólo “cinco o seis” trabajos que no hubiera vendido nunca, como un dibujo de King Kong de los años en los que pintaba con su hijo.

“Figurativo de base conceptual”, se definió Benedit. Decía que había descubierto tarde que podía vivir del arte –según su propia cotización, una de sus obras importantes podía valer unos 60.000 dólares–, una veta a la que se dedicó por completo cuando tenía 50 años, aunque seguía haciendo algunos “trabajitos” de arquitectura. Y, últimamente, se había apasionado con la jardinería.

Benedit investigó a los pintores viajeros, un trabajo que después replicó en acuarelas. Y el campo, los paisajes vastos y abiertos. La Patagonia. Y Molina Campos, de quien retomó la tradición sólo para su búsqueda personal.

“Fue miembro asesor del Fondo Nacional de las Artes. Es muy importante rescatar su labor institucional. Benedit fue un artista comprometido. Era un artista con gestión en pedagogía, hacía talleres. Se pierde también un referente cultural de mucha presencia. Era muy activo social e institucionalmente”, dijo a Clarín Adriana Rozenberg, directora de la Fundación Proa. Benedit había dirigido el mítico Taller de Barracas.

El campo (no el folclorismo). Los huesos. La tierra. La materia de su obra. Cuando inauguró Equinus Equestris , Benedit dijo a este diario: “Vivimos sobre montañas de huesos que no vemos pero existen”. Y cuando le preguntaron de quiénes serían, contestó: “No son sólo de desaparecidos, sino de todas las generaciones que nos precedieron. Todos vivimos sobre montañas de huesos”.

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